Una chica en New York

Al llegar a New York Madonna subió a un taxi y le indicó al chofer “Lléveme al centro de todo”. La llevó a Times Square.

Una chica en New York es como un niño en una juguetería, un obeso en Mc Donalds o un ludópata en Las Vegas. Ni hablar si se miró las seis temporadas completas de Glee, tomó clases de tap, consumió una copiosa cantidad de musicales, o simplemente recuerda la película New Year´s Eve. 

Una chica en New York abre los ojos y los vuelve a cerrar porque no puede creer que por fin está allí. Camina por la Gran Manzana por primera vez y se queda flotando un instante, porque no sólo la ve, sino que la siente, la saborea, la escucha, la huele, la recuerda de sus más felices fantasías. La fotografía con su cámara más fiel: el alma, para volver a ella cuando lo necesite y revivir ese instante radiante y alegre. Una chica a New York ya la había visto mil veces, cuando la imaginó, cuando la fantaseó, cuando la quiso… era su sueño, pero descubrió que lo curioso de los sueños es que son infinitas veces más mágicos cuando se hacen realidad. Qué atrevimiento, que la vigilia sea más fascinante y seductora que el anhelo. 

Una chica en New York viaja en Subway y el recorrido se convierte en una aventura. Y es que cuanto más difícil, mejor. Indiana Jones un poroto. Más conexiones, más líneas, más posibilidades de equivocarse. Cuanto más largo sea el camino, mayor será la recompensa, se dice por ahí. Nunca creyó que el transporte público podía ser tan divertido. Cuando se relaja y disfruta de las pequeñas cosas, lo más simple se convierte en extraordinario.  La voz que anuncia cada parada resulta cálida, la sensación del café en sus manos reconfortante, los neyorkinos tan serios y apurados, graciosos, y el frío en la nariz pareciera estar en su punto ideal. 

Y una chica nunca se perdió hasta que se perdió en Central Park. Y nunca se perdió en Central Park hasta que se perdió en Central Park cuando ya se ocultó el sol en medio de una leve tormenta de nieve. De pronto este camino se le hace conocido, y este otro también, y entonces está andando en círculos, y hace una hora que debería estar en el hotel, pero… ¿Qué más da? Está en la meca del mundo. Mejor perderse en New York que hallarse en cualquier lugar del mundo. Horas más, horas menos, una chica encuentra su rumbo y llega al hotel.

Sin más se encuentra en año nuevo en Times Square, expectativas puestas en la reconocida ceremonia del Ball Drop. Ocho horas de espera, cinco largas cuadras de distancia, hambre, ganas de encontrar un baño, apretujamiento, un frío polar, excesivo control policial. Ni rastros del show, de la música, de famosos, de una cuenta regresiva o siquiera de la célebre bola. Un fiasco, diría cualquiera. Y entonces una chica en New York lo entiende. Entiende que no era nada de eso, ni personalidades ilustres, ni clima cautivador, ni música popular, ni una bola. Mira a su lado y ve a su mejor amiga, su compañera en esta travesía. Están en el lugar que siempre soñaron comenzando un nuevo año, junto a un grupo de mexicanos simpáticos que cuatro horas atrás eran desconocidos pero se acaban de convertir en sus nuevos amigos. Y en todas las direcciones miles y miles de extraños, abundantes almas compartiendo uno de los días más importantes del año, de todas partes del mundo, de todas las edades, con sus expectativas y sus sueños. ¡Y New York sorprende una vez más! Imposible decepcionarse. Llegan las doce y llega la piel de gallina y el nudo en la garganta, las lágrimas, los recuerdos de un año que se termina y los deseos de un año que comienza y todo estando nada más ni nada menos que en el corazón del mundo. En la ciudad que nunca duerme. Y de repente la vida es tan linda.

Y cuando creía que la Gran Manzana no podía tener más encantos que develar, una chica se encuentra patinando sobre hielo en el Rink del Rockefeller Center, frente al icónico arbolito navideño. Y está ahí, con los cachetes colorados del viento frío pero el corazón calentito de emoción. Y de repente un círculo de caras atentas con ojos ilusionados cual niños mirando golosinas y un auténtico clima de romance: una propuesta de matrimonio. ¡Nunca dejes de asombrarme, New York! ¡Para ustedes, los obstinados que se rehúsan a creer en cuentos de hadas y en finales felices!

Y un día una chica se encuentra en la corona de la Estatua de la Libertad. Y si puede estar en lo más alto de la estatua más icónica del mundo, una chica puede estar en cualquier lado.

 Pero si de alturas se trata la magia se devela cuando una chica llega al tope del One World Observatory, el rascacielos más alto del hemisferio occidental, por cierto habiendo subido los 104 pisos en tan solo un abrir y cerrar de ojos. Donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas se impone un edificio cuyas vistas hacen temblar las piernas y humedecer los ojos. Pocas palabras logran describir la emoción de la chica ante el increíble panorama de la ciudad de sus sueños, es una sensación que una chica cree que todas las personas deberían experimentar antes de morir.

Una chica cena en Ellen’s Stardust Diner, una combinación perfecta entre comida y mozos cantantes de Broadway y se pregunta: ¿Cómo es que a nadie se le ocurrió antes? Se derrite al enamorarse del primer mesero que se para entre la gente y le canta como salido del Radio City Music Hall, pero pronto se da cuenta de que no es el único, sino que hay todo un elenco listo para servirla (¡y cantarle!).  Pero si de musicales y de Broadway se trata una chica no puede dejar de recordar The Lion King, un despliegue de escenografía y talento sin igual que la dejaron sin aliento de principio a fin.

Y llega ese momento en que una chica tiene que tomarse un avión, así como lo hizo al principio pero en vez de para llegar a su sueño para irse de él. ¿Por qué haría eso? ¿Por qué se iría de una fantasía hecha realidad? ¡Porque quedan infinidad de otras por cumplir! No me digan que creyeron que una chica iba a conformarse con New York…

SVOG

 

2 comentarios sobre “Una chica en New York

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